Saturday, December 24, 2011

Leobarda

Leobarda se quedó dormida mientras escribía poemas para sus gatos.Los leía en voz alta, tachaba, volvía a leer."Salta entre mis piernas, cocina entre mis orejas, hagamos algo realmente malo" La lámpara, colocada en una esquina de la habitación, iluminaba los retratos de la abuela. A las diez se oía el azote de la puerta del vecino del quinto piso y entonces los gatos se ponían histéricos no por el ruido sino por el olor de su ropa, específicamente el olor de su saco. Era un olor entre ajo y humedad traspasaba las paredes y la piel de los gatos. Pero entonces a Leobarda le salían bien las rimas, los acentos prosódicos. Caminaba por su habitación entre piezas de rompecabezas e iba al baño y se miraba en el espejo. Los autos que pasaban estaban cubiertos entre la neblina, esperanzados a ser elevados al cielo o en algún poema. El olor no se iría nunca. Un saco impregnado con pelos de gatos en el cuello. Leobarda se acostó mientras se sacaba un pelo de la boca. Y otro pelo y otro hasta vomitarlos todos.Los gatos estaban entre las sábanas sin que nadie pudiera verlos. Se movían las mangas con la telaraña y la saliba. Leobarda soñó.

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