Monday, February 25, 2008

Romina y Cangrejos Metálicos



Romina era mi vecina, matábamos el tiempo en juegos de video, rifles de plástico, tetris y el ula-ula. En los días lluviosos cerraba las puertas para que yo no entrara, se hacia la dormida y cuando Martha—la madre de Romi—llegaba del trabajo mis pantalones estaban empapados hasta las rodillas, con los dedos arrugados e implorando que cualquier adulto se apiadara de mi desgracia y me llevara consigo, imaginaba desde un circo callejero, un fanfarrón o algún escritor de nota roja, deseaba que fuera cualquiera, hasta un loco disfrazado. ¿Cómo había llegado ahí? De Romina no había recibido más que sonrisas y besos dulces, pero ¿valdrían la pena? Nunca quiso compartirme paletas, confitados o almendras. Ahora me digo vales madre Arturo, estás pendejo.

Martha hablaba de vitaminas, déficit, psiquiatras y ácido fólico cuando se trataba de Romina. Sara le decía que sí a todo, que yo era muy callado, sí, que Romina me maltrataba y que mejor no me trajera más a esta casa, sí, sí. Sí a tus deseos, me parece que así fue como llegaron a la cama. Aquel día comentaron de la fiesta de cumpleaños, sólo botana, dulces enchilados, pastel y disfraces. Yo tenía apenas seis años y la pequeña cumpliría cuatro.
Era increíble que siguiera ahí, en esa casa tan desordenada y maloliente, parado junto a la repisa roja y enamorado de ella, yo era un marciano. El látex del disfraz me hacía sudar, pero no quería moverme. Romina estaba sentada y era un astronauta y celebraríamos su cumpleaños. Arturo, que marcianito tan lindo, te ves fuera de orbita me decía la madre de Romina mientras le salpicaba diamantina en su delgado cabello. Romina estaba envuelta en papel aluminio, Tenía alpargatas negras, no tenia casco pero llevaba diamantina por todo el cuerpo. Era un disfraz muy improvisado y económico pero magnífico para ese día. El pastel era de zarzamora había licuado de manzana y ensalada de zanahoria. Le regalé dos cangrejos que días después fueron devorados por ratas gordas. Éramos seis, Martha, un sujeto que tenía una relación muy extraña con Martha, Romina por supuesto, Sara—mi madre— y yo. Después llegó el papá de Romi —tarde, cansado y con un regalo enorme que seguramente lo había sacado a crédito—Disfrazado de payaso muy triste, Sara le hacía juego porque llevaba una capa y sombrero de mago, Martha era una mujer muy extravagante y cargaba una sudadera enorme muy enorme, lentes grandes y zapatos enromes ¿Qué eres? Preguntaba el papá de Romina. Soy un enano. Ah…Ajá, Martha ¿el tema era el circo? No,no mira a Romina y Arturo ¿te parece muy cirquero el asunto? Cada quien se disfrazó como quería. Yo nunca quise disfrazarme de marciano pensaba, si Romina no me hubiera amenazado, ahora sería un simple conejo, el traje me picaba y de él salía un extraño olor. Martha sirvió platillos sabrosos y coloridos, Nunca vi mejor platillo de cumpleaños porque jamás fui a otra fiesta. Los mayores charlaban y se hacían indirectas, ahora que lo recuerdo, era un ambiente muy incómodo. El papá: incómodo, y el sujeto de la relación extraña con Martha: incomodísimo. Sara, más incómoda con ese sombrero, charlaba y a veces sólo fumaba largos ratos. Más tarde, algunos ebrios y ellas sentadas jugando Jenga, nos gritaron que saliéramos a ver al perro. Por la edad que teníamos los dos, no entendíamos muchas cosas—o nos importaba poco—, así que si nos decían vayan al patio y jueguen con el perro, simplemente lo hacíamos y éramos muy felices.

Yo digo que ese señor no es mi padre, es demasiado patético, decía Romina, ¿Viste cómo se aferraba a la Botella? ¡Ja! ¡Ja! Soy una bastarda. Seguramente ese lenguaje lo había aprendido de su madre, de la mía., de algún vecino o pariente lejano. Yo siempre asentía con una sonrisa o le acariciaba la cabeza en señal de respuesta. Pero esa ocasión fue enteramente distinta. Primero, tomó la maguera y me salpicó, enseguida bailaba desenfrenadamente mientras me decía ¡Es el paso del cangrejo metálico astronauta matemático viajando de Marte a Júpiter! Se movía de un lado a otro, me aterré tanto que sentía frío en todo el cuerpo. No te preocupes, me decía es el paso del cangrejo metálico astronauta matema… ¡Cállate Romina, Cállate! los cangrejos no saben bailar, ¡Cállate Romina, Cállate! los cangrejos no saben de ti, ¡Cállate Romina! o le diré a tu mamá de las pistolas y el baúl. Romina quedó paralizada como en un principio yo lo estaba, fui un cobarde y empecé a llorar, me senté en el pasto mientras Romina se acercaba a morder mi cabeza, Arturo, no grites. ¿Qué te pasa? ¿Estas FURIOSO? Y soltaba una carcajada sarcástica. Como si sus ojos salieran de sus cuencas, asomándose y zigzagueando hasta mi cara. Estaba aterrado, ella se convulsionaba en carcajadas, la orina mojaba mis calcetines mientras el disfraz se volvía ridículo. Empujé a Romina, Corrí hacia la puerta de madera, ella reía y reía mientras pisaba hormigas cabezonas. Yo era una hormiga, Arturo la hormiga, contra la Reina Romina. Soy una hormiga sin cabeza que se come a su madre y luego a la vecina.
Desde aquel día no volví a su casa, pero la he visto un par de veces en la tienda de discos de vinilo. Fue una casualidad, una tarde entré y la vi salir del baño, como una muñeca tuerta que ha sido zarandeada y que ahora reposa en el lodo con los brazos mordisqueado, Aspiró fuertemente dos veces debajo del mostrador. Me miró, sus parpados temblaban ¿Arturo? Sí respondí y se reclinó en la silla de rueditas. Lindo traje, Asentí con la cabeza y salí torpemente como una chicatana con alas rotas. Ahora, cuando termino esto me digo Vales madre Arturo, a parte de pendejo, cobarde.
*Falta un poco más de trama y emoción(o ¿que dicen?), es que tenía muchas ganas de publicar algo ¡ya!. Ojalá me ayuden a mejorarlo. Saludos Gracias.

Wednesday, February 13, 2008

Perro Malteado


Esto ya está caducado—dijo mi madre mientras limpiaba desesperadamente el refrigerador— tíralo antes de que vomite. ¿La leche vomita, mamá? No seas ingenua, lo digo por mí, anda tíralo ya y procura cerrar bien la tapa del basurero, parece que nadie viviera acá. ¡Todo siempre se hecha a perder!
Estoy enfrente de moho, malos olores y sabores horribles sin embargo Cagada, mi perro, espera afuera para saborear algunos manjares: huesos, carne semi-apestosa, tal vez hasta pueda salir una rata de ese lugar. Mi mamá acostumbra a comprar la despensa casi por millar, miles de lentejas, miles de kilos de carnes, miles de kilos de jamón, miles de huevos, miles de frutas. Al final del mes es la limpieza del frigorífico, éste permanece igual a como lo dejo el ultimo mes después de ser limpiado a diferencia de que esta vez, parece estar todo en mal estado. La putrefacción no me da asco, pero si se trata de comida tal vez lo lamente un poco. Mientras mamá limpia, yo me encargo de vaciar lo inservible a un lugar mejor es decir, el hogareño basurero donde todo hierve, cruje, salpica, transpira y se mueve. Los colores son fabulosos. El negro de los frijoles, el rosado quemado de las chuletas, pan mojado, frutas apestosas llenas de puntitos blancos y verduzco, uñas de pollo, bracitos de muñecas quemadas, huesos de aceitunas, tomates podridos, latas de aluminio. Ahora recuerdo aquellas bolsas de plástico que reflejan caras de abuelas.

—Al fin hemos acabado hija, todo esta en buen estado ya nada de porquerías, ¿Me acompañas al súper?
—Hoy no quiero ir mamá, tengo que cepillar los dientes de Cagada
— ¿Qué? ¿Quién es cagada?
—El perro mamá, él también vive con nosotros.
—Claro, en fin, como quieras. Regresaré luego.
—Sí—
Lo que en realidad deseaba hacer era licuar la porquería casi viva que quedaba entre los bordes del basurero y junto con un líquido amargo que sale de ella, tomar un poco y compartirlo con Cagada. Tomarme a sorbos lo indeseable, lo mendigo y lo santo.
Saqué al patio una vieja licuadora y un litro de leche con dos días de caducidad. —Creo que mamá ya no ve las fechas de las cajas—No podía faltar un poco de vodka para amortiguar el sabor a tanta mugre. Conecté la licuadora, ya sólo faltaba la mezcolanza. Ahí puse todo lo indeseable y lo roñoso. Lo que para mí es gracioso para cagada simplemente es delicioso. En verdad que disfrutábamos estar solas y embriagarnos de suciedad. Aunque aún no sé si cagada se emborrachaba realmente o se alocaba al verme loca.
–Es lo último que nos queda Cagada, espera necesito conectarla. Por favor Cagada no te muevas de aquí ¿entendiste? NO TE MUEVAS. Tengo que llevar la extensión a otro enchufe, esto ya huele a quemado
La conecté de nuevo, cundo un sonido fatal me hacía vomitar ya. Era cagada quien se había asomado al vaso de la licuadora mientras las aspas le rozaban el hocico y la mareaban conforme las filosas aspas la atrapaban más y más.

— ¿Qué querías? ¿Que sobreviviera ante semejante arrollo? No nena, así son las cosas. Tal vez Cajeta…
—Se llamaba Cagada mamá
—…Tal vez Cagada no soportaba ya tan tremendo vicio, lo mismo sucede con nosotros. Nos ahogamos en vomito o tragamos veneno para ratas. Mejor acompáñame al súper, olvidé comprar vino.
No contesté pero vi cómo, mientras mamá me hablaba de la vida y la muerte, envolvía a cagada entre las bolsas negras luego en una caja y después en el auto.
—Anda hija tenemos que hacer algo con este perro malteado, compraremos un basurero nuevo. O una licuadora, ¿Qué prefieres?
No contesté otra vez, pero subía al auto casi al lado de Cagada, le gustará un último trago.