Sunday, April 27, 2008

Mamá, yo no estoy ahí.



Placenta, sintetizador y alquitrán, mamá se fue a trabajar. Uvas, caramelos y azafrán, señales preventivas y ya está. Rojo amarillo y verde. Verde, amarillo y los autos paran, mamá va conduciendo rumbo a mi escuela (No se ha dado cuenta que no estoy ahí). Escucho los disparos, el rugido del león, los dinosaurios y cavernícolas detrás de la pantalla. Caricaturas a las siete de la mañana de un lunes: Delicioso. La muerte de la gallina barbuda, el circo de los fenómenos, ahí va. El televisor que ahora grita y saca su lengua larga me dice: veme toda esta mañana y tu madre nunca lo sabrá. No me importa. El televisor vecino, suspira cansado después de comerse a una familia entera. Dos disparos, ¡Bam, splash! Un poco de agua al televisor. Chispas y cortos circuitos en la cuadra. En la pantalla se asoma un asesino serial y nos dice: cálmense todos, yo sólo vengo por sus hojuelas de maíz, ¡Crash! ¡Crash! Me muerdo la lengua. Pronto llegará el técnico electricista, el periodista, el gobernador y mi mamá. Tal vez no.


Los zapatos boleados. Tengo ganas de gritar. Esto ha pasado más de tres veces, No la amo como decía la carta. El desayuno es muy colorido, siempre es así, bolitas de fruta, carita feliz en mi panqué, la leche sabor choco-banana y la margarita en el vaso. ¡Surf!¡Pool! Orino en mis pantalones. La televisión me ha observado todo el tiempo. Hoy no puedo ver mi reflejo. El de ahí no soy yo, sin embargo me copia, copia mis movimientos y mi estornudo. Nos saludamos pero hoy no lo puedo ver. Siempre gana en los videojuegos y cambia de canal en la parte más emocionante. A los dos nos gustan las palomitas acarameladas pero esta mañana no está. ¿Por qué tarda tanto mamá?


Ayer vi Motoratones hasta muy tarde y me quedé dormido. A pesar de eso no tengo sueño pero siento flotar. La rutina de mamá siempre es igual, despertar, vapor en el baño, desayuno, delineador y cinturón de seguridad. En septiembre cumpliré nueve y tendré una motocicleta, un capítulo más, el siguiente canal. Abrázame mamá. Abrázame televisor. Abráseme usted.
Me he dado cuenta. ¡Toc¡ ¡Toc¡ en el vidrio. Ese niño me ha timado. Ha escapado por la noche y ha entrado en mi cuerpo. Soy un chico atrapado en un televisor. Estaré en tus caricaturas, Morderé nalguitas a las niñas, nunca dormiré, soy un monstruo televisivo, ya no más escuela, ya no más mamá por las mañanas. Prefiero estar aquí, seguramente ahora lo regañan por no hacer la tarea. Por ver Motoratones hasta tarde. Será sencillo escapar, cuando ella aspire cerca del televisor le susurraré Mamá, yo no estoy ahí. Y notará la diferencia, Tal vez no.

Monday, April 14, 2008

Látex-Látex: Si entras, no te quejes

La cucaracha sonámbula paseaba por los azulejos sucios. La cañería y los tornillos se oxidaban lentamente. El baño de la cantina no estaba decorado. Era austero y triste. Como siempre no había agua pero sí mucha mierda acumulada. Sólo usaría el mingitorio y un poco de papel para limpiar mi frente sudorosa. Eran tres espejos, uno muy opaco, el segundo lo unían pedazos de cinta adhesiva, el tercero lo robaron, dejando sólo una cara feliz que cubriera el vacío. Los productos de limpieza estaban debajo de los lavabos, un trapeador calvo, una fibra verde, las pequeñas pastillas desodorizantes que producen un olor igual de horrible que la mierda de una cantina —yo prefiero el olor de la orina de mi mujer—y un par de guantes de látex color rosa. Entró el sujeto extraño de la pajita y me ofreció un condón. Lo acepté como él acepto mi propina: Sin preguntar. Me metí al baño, con mi pie bajé la tapa del escusado, bajé mis pantalones, colgué mi chaqueta en un ganchito, me senté y leí las injurias, maldiciones, obsesiones, fantasías y anonimatos que cubrían la puerta metálica. Técnicas mixtas: plumón de aceite sobre pintura barata. Tinta roja sobre tinta azul. Un salmo estaba escrito con letra de molde. ¿Cómo podían escribir así? Soy un hombre de mediana estatura y mis rodillas chocaban con la puerta impidiendo que mis nalgas estuvieran cómodas, mis manos apenas podían moverse. Era un pequeño cubo que encerraba a un sujeto mediano pero obeso. Claro, es una cantina, pero esa letra era redondita y el señor de la pajita seguramente estaba encargado de amonestar a los que se encuentren rayando esas instalaciones. Siempre hay personas ágiles, incómodas y amonestadoras. Siempre hay un baño así, qué importaba eso. Pero resultó que el señor de la pajita era un engaño, mi condón resultó ser usado y a mi esposa, esa noche le dolía al orinar. Me subí los pantalones, olvidé mi chaqueta por unos segundos y regresé, aventé el condón por la tubería y me largué. El señor de la pajita era un engaño, sí, eso me informó el cantinero al momento de mi salida, al menos eso entendí.
Hey, joven—me dijo mientras llenaba algunos tarros— ¿Encontró un señor ahí dentro? Sí. ¿Le ofreció…le vendió algo? Sí, me dijo que era de cortesía, Verá…es un demente, no encuentro como sacarlo de aquí, se escabulle como las tuzas—terminó de servir los tragos y yo no supe que decir— Vaya mierda.
A esa cantina entras bajo tu propio riego. Si entras, no te quejes—decía el letrero de la entrada— seres multifacéticos, largas barbas, grandes vellos, pezones rosas, perros cojos, ladrones simpáticos, drogas sintéticas, bola ocho y un señor que se divierte al regalarte condones usados, pegados de una manera tan minuciosa que el receptor sonríe en su mente: justo lo que necesito. Y la chica de la limpieza—con su horrible uniforme de asalariada que acomoda graciosamente su trasero— le sonríe al receptor de una manera fugaz. Los guantes de látex abren oportunidades, más el color rosa. Entienden el mensaje y la culminación es un pequeño grito que viaja al bullicio y se pierde entre las zapatillas.
¿Eso es lo que hace ese sujeto con los borrachos empedernidos?—dije después de unos segundos— Así es joven, así que le recomiendo que lo tire enseguida, lejos de aquí. Suele...recogerlos de nuevo, el maldito tiene un olfato privilegiado. Yo se lo digo porque es usted de confianza. Los demás me valen madres. No quiero desmadritos de maricas. ¿Y si alguien le armara uno por insalubridad? Tengo a la nena bien puesta. Claro, buenas noches Don. Alzamos la mano para despedirnos y salí corriendo al auto. Rubias, vestidos de lentejuelas, cerveza barata, lenguas gordas, palomitas gratis, enfermedades a la orden del día. No volví. No recuerdo muy bien como asimilé el asco y la desgracia, la lujuria y el desmadre. Mi garganta regurgita cada vez que pienso en esto y en las cosas usadas o sucias pero mi mente lo disfruta. Llegué a mi casa y como les decía mi esposa hacía muecas al orinar, un pequeño ardor. La encontré sentada con la puerta abierta. La besé y me lavé los dientes junto a ella mientras me contaba las posibles causas de su ardor mientras tomaba el papel higiénico. Yo escupía las burbujas que provocaba la pasta dental. Le asentía y también pensaba en mis propios ardores.
Las cucarachas ciegas corren despavoridas por la luz, ingredientes ácidos, colorantes artificiales, orina y guantes de látex. Rosados por supuesto. Le insistí a mi mujer en comprarse unos pero eligió los morados. Mala suerte, terminaron en la basura con hoyitos en los dedos, un olor a semen —los olí a escondidas durante varios días—ese agradable olor a látex que despide mi corazón. Más hidrocarburos. Fueron días ligeros después de ir al doctor. Pastillas, limpieza y protección. La suciedad no ha excitado mi cabeza hasta ahora. A veces, como ahora, recuerdo a la chica de la limpieza con melancolía. El bar fue clausurado, el Don ahora se dedica a vender productos naturistas. Mi mujer es feliz orinando. Yo soy feliz oliendo y manejando a cien kilómetros por hora. Iremos a Brasil en seis meses, donde usaré anticonceptivos nuevos, empaquetados perfectamente con olor a frutas tropicales. Amo a mi mujer aunque no le guste usar guantes al momento de hacerlo. A pesar de todo, ella me ama también.

Thursday, April 03, 2008

Las cucarachas son ciegas y Sebastián es mudo






Sebastián no fue aceptado en la clínica psiquiátrica, es inofensivo señalaban los médicos, Maníaco depresivo. Sebastián no recordaba que estaba casado, que había sido profesor de biología ni que había vivido en Díaz Ordaz, sin embargo estaba muy cómodo en esa casa de algún rincón de Etla, ahí come y bebe mezcal, goza de placeres y comete pecados,. Ahora, camina lentamente por la carretera como una cucaracha a la cual le han cortado la cabeza y, el cuerpo, carente de orientación termina boca arriba, moviendo sus patas espinosas como si corriera un maratón para después morir de inanición. El estado emocional de Sebastián era afectado por los gritos de su esposa quien era una extraña caritativa que le ofrecía sexo y mordiscos.
Fue en la mañana, dormían en una cama matrimonial, Sebastián extendía mucho los brazos y piernas dejando a ella muy cerca de la orilla y de la mesa de noche, eran las once de la mañana en domingo. Sucede que Sebastián tenía pesadillas, y ya comenzaba a balbucear: cue lam e, sí no rian ¡Ña blas, non! Entonces, despertó alarmado, desconociendo el cuerpo de su mujer. Sebastián gruñía al tiempo que la empujaba. Ella despertó repentina y aturdidamente, así que su cabeza chocó con la mesa de noche y cayó bruscamente sobre su delgado brazo ¡Mírame Sebastián!— gritaba la mujer— ¡Tengo el brazo roto y no haces nada! ¡Me lleva la chingada!, ¡Te cortaré la boca de una vez por todas y la masticaré tantas veces que no la podrás encontrar en mi garganta ni en la mierda! Ella exageraba, era la rabia de haber sido despertada de manera tan violenta, en realidad, le dolía más el orgullo que el brazo. Siguió gritándole hasta que Sebastián salió sin nada más, dejándola sola con su histeria.
Afuera: grandes rótulos de bandas gruperas, terrenos baldíos, un perro negro que duerme mientras las moscas delinean sus ojos, lamiendo y saboreando la mugre y algunas se asean en el lomo del canino. Los treinta y siete grados centígrados no descienden al nadar en albercas públicas con la orina caliente y el traje de baño en oferta.
La vida de Sebastián había sido placentera, los vecinos no le temen pero raras veces le saludan, Don Sebas, el loquito ese, el esposo de la señora que está media loca, así lo conocían porque nunca hablaba con nadie y nadie quería hablar con él. No tenían hijos, así que la mayoría del tiempo ella pintaba paisajes y los vendía.
El estómago le gruñó Sebastián entró a la tienda, pidió una manzana, dos pesos, mira el fruto, mira al dueño, está mallugada, mira de nuevo la manzana. Mira, dame un peso, qué importa, es la última, pero nada regalado, este calorcito es insoportable, ¿La quieres o no? Sebastián le extiende la moneda de dos pesos que se ha encontrado en el camino. Sale y mordisquea como un conejo, la termina y tira el corazón. Y ahí, en medio de la carretera, arriba del asfalto caliente y al lado del rótulo que sugiere “Vota así”, comienza a mordisquear sus brazos, trata de lamer su sudor, siente los delgados vellos de sus brazos, derecha, izquierda, desabrocha su camisa la sacude, saltando y tocando sus costillas. Después, abre su boca, mete la camisa, la muerde y regresa a la tienda, trata de estrangular al dueño con la camisa cien por ciento algodón pero sólo logra dejarlo inconciente. Enseguida toma melones, galletas, refrescos retornables y juega a las maquinitas.
No puedes escapar del calor en este lugar como no puedes escapar de tu vejiga, puedes escapar de Sebastián o puedes matar a Sebas porque está acostadito e inofensivo en medio del asfalto, el calor es insoportable, una de la tarde.
A varios kilómetros, los motores se calientan y el semáforo en rojo. Asientos calientes y espaldas sudorosas, franelas húmedas y mugrosas. En el carrito de raspados los popotes descansan en una cajita de cartón: sórbeme, Sórbeme, SÓRBEME, protector para el volante y el hule para los limpiaparabrisas de venta en el crucero.
Sebastián con risa maliciosa: Ella lo ha encontrado como un pescado a la plancha, le dijo que se arrepentía, que lo amaba pero que le era muy fácil desquitar su rabia con él, así me gustas pequeño carbohidrato—cuando ella le llamaba así le devolvía su buen juicio—. Los ojos grandes de Sebastián parecían escucharle. Mientras caminaban hacia su casa se mordían en besos y de besos al colchón sucio.
Debajo del comedor las cucarachas mordisquean las migajas. El libro de Entomología que sostiene la pata coja de la cama señala pueden devorar a sus compañeras muertas, aunque no se atacan ni matan para conseguir alimento. Si pueden elegir, prefieren los hidratos de carbono. Sebastián había puesta una nota en esa página: son ciegas y nunca se perderán. Los gemidos de la pareja salían por la ventana y las ranuras de la puerta. El dueño de la tienda iba despertando lentamente, no recordaba lo que había pasado pero pronto lo hará.